¿Te acuerdas de la primera vez que se te cayó un diente y podías sentir con tu lengua el huequito? ¿Te acuerdas de tu primera estría, cuando te bajó por primera vez, cuando diste tu primer beso falso frente al espejo, de tu primer amor? ¿Recuerdas la sensación de tu cuerpo en tu primer faje cuando no era necesario quitarte toda la ropa?

Nuestro cuerpo nos avisa con el paso del tiempo que estamos cambiando, que nada es en vano, que no eres para siempre. Todo iba perfecto en mi vida; alcohol gratis en los shows de stand up, entré a Improsport, una obra improvisada en la que siempre quise estar, sigo con novio y continua amándome a pesar de que soy inmamable, todo perfecto, y un día normal, después de bañarme, mientras me ponía crema… “¿Qué demonios?”

En la parte baja de mi pierna izquierda, ahí estaba observándome directamente: Mi primera varice. Es aun pequeñita, pero la vi guiñándome un ojo mientras me susurraba: “Voy a crecer, perra”. ¡No! Nunca pensé que tendría una varice, nadie te dice jamás que una vena va a verse más marcada que otra, digo, tengo todo en contra; fumo, bebo mucho alcohol, como muchas porquerías, no hago ejercicio… ¡Pero aun así nadie me dijo!

Eso solo quería decir una cosa: Soy más vieja de lo que creí. El otro día le contaba a una amiga que siento que soy una adolescente en cuerpo de una mujer de treinta. Bueno, treinta y uno. Creo que tengo el síndrome de Peter Pan, nada mas no me interesa crecer, ni casarme, ni tener hijos, ni envejecer junto a nadie. Digo, claro que quiero, pero no mientras tenga toda la vida por delante. Mi amiga se me quedó viendo con cara de: Güey, pues no esperes mucho porque tienes como seis años hábiles para tener hijos.

¡Qué presión! Quisiera seguir en mis veinte, ponerme esos mini vestiditos, irme al antro y besuquearme a todos. Hombres o mujeres, da igual. Tomarme todas las perlas negras del lugar y arrastrarme hasta la puerta de mi casa. Dormirme con el vestido del antro, sin desmaquillarme, con las extensiones puestas mientras le escribo a un ex galán para que pase por mí y tengamos una noche de sexo desenfrenado.

Me ocurrió varias veces que llegaba el susodicho y yo no salía pues ya babeaba mi almohada como la princesa que soy.

Quiero ser esa que aún no sabe que quiere con su vida y que nadie me juzgue. Quiero hacer estos viajes improvisados con mis amigas con mil pesos en la bolsa como lo hacíamos antes. Si mis amigas ahora quieren ir de viaje, compran el boleto ocho meses antes, el hotel lo pagan con un mes de anticipación y estudian el lugar al que vamos antes de estar en él.

No saben lo divertidas que se han vuelto.

Quiero amar demente, profunda y locamente. Cuando creces se van esos amores pasionales para que lleguen los tranquilos, los maduros y adultos. Yo quiero seguir haciendo berrinches de primaria en el coche mientras mi novio me dice que no me voy a bajar en medio del periférico. Ahora le hago eso a mi novio y sí es capaz de bajarme porque él lo único que quiere es “ser feliz”, lo que eso quiera decir, y una novia gritona no está en sus planes.

Quiero ser esa joven que creía en la bondad de la gente, que me dolía perder amigos que no habían sido sinceros, esa que lloraba si una amiga la traicionaba. Ahora si una amiga es mala, la quito de mi vida sin miramientos. Ahora no siento nada.

Pero sobre todo, esa maldita, pequeña y arrogante varice me hizo comprar cremas especiales, tomar un diente de ajo todas las mañanas en ayunas, levantar mis piernas mientras veo la tele o leo, ya no tomar elevador y subir las escaleras del departamento, bajarle al cigarro…

Esa imprudente, puta y azul varice, a la que le puse de nombre Paola, me recordó que no soy eterna, que ya no tengo veinte y que mi vida tiene que cambiar si quiero tener lindas piernas, me recordó que ya soy casi (me aferro al casi) señora Marcela.

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