A mí siempre me han asombrado las amistades de toda la vida. Quizá porque en mi infancia nunca lograba estar en un solo lugar, quizá porque la única amiga que tuve de muchos años falleció, no sé, simplemente envidio a la gente que se conoce desde siempre.

Sobre todo a las amigas. Esas que conocen cada detalle una de la otra, esas que son damas en sus bodas, las que con solo mirarse saben que piensa la otra.

Cuando tenía catorce años, era una niña tímida, que nunca había besado, y, como cuento, no contaba con muchas amigas. Una vez más en mi vida, tuve una escuela nueva en otro estado de la Republica. Compañeros nuevos. Personalidad nueva.

Me vestía de negro para que nadie notara mis kilos de más, me relamía el pelo chino y usaba lipstick de color negro. Me creía dark aunque en las noches escuchara Britney Spears y a Jeans.

Entré al salón, y en el fondo, había una niña parecida físicamente mí. Pasaban los días, y los maestros creían que éramos hermanas, incluso gemelas.

Eso nos unió, o a lo mejor también fue que no encajábamos con nadie más, por nuestra soledad, o nuestras ganas de sentirnos comprendidas.

Paloma, mi amiga, juraba que ella era adoptada. Yo quería suicidarme, ¿Por qué? Por mis padres, por mi vida injusta, por mi adolescencia más que nada.

Di mi primer beso en su casa, no con ella obvio, con un tipo que fue a una fiesta que organizamos ella y yo a la cual solo fueron seis personas.

Ella terminó a mi primer novio por mí. Ella estuvo cuando me rompieron el corazón por primera vez, la segunda… hasta la decimocuarta. Yo estuve en sus relaciones también; ella era la eterna novia, casi pocas veces estuvo soltera. Relaciones de años, que, al terminarlas, mi amiga deambulaba pues no sabía quién era.

Paloma era una eterna enamorada del amor. No conozco a nadie que crea más en el amor que ella.

Con el paso de los años, nos volvimos muy diferentes, yo fiestera de corazón, ella racional y seria. Yo loca e impulsiva, alcohólica y sin objetivos en la vida. Ella cuadrada y soñadora, madura y clara. Nos criticábamos en la cara mutuamente, ella no soportaba a mis nuevas amistades ni mi nuevo estilo de vida y yo no podía con su seriedad y su forma juiciosa de verme.

Seguimos juntas, quizá porque no encajábamos con nadie más, por nuestra soledad, o nuestras ganas de sentirnos comprendidas.

Una noche, comenzó una relación con un hombre bueno, pero gris, un tipo que nunca la vio en realidad. Pasaron los años, y con cada día, convertía a mi amiga en la misma tonalidad grisácea que él. Poco a poco, mi amiga dejó de arreglarse, de sentirse guapa, deseada. El hombre no era romántico, ni lindo, sí, era su mejor amigo, pero nada más.

Las hermanas de mi amiga, se casaron y tuvieron hijos, y después de cinco años, el novio de Paloma no se decidía con respecto a ella. Había algo raro en todo esto, ella estaba con él, lo respetaba y le era fiel, aun así, nunca la vi completamente enamorada.

No tenía que decírmelo, con solo verla yo sabía que ese hombre no la hacía feliz en ningún aspecto, pero no lo dejaba, ella quería creer en el amor.

Pasó algo que cambió la vida de Paloma. Su novio en cuestión, le dijo que había tomado una decisión; se iba a Londres a estudiar. Mi amiga le preguntó a donde iba a relación después de cinco años, a lo que él contestó que lo verían a su regreso.

Ella hizo algo que me sorprendió. Le dijo que se fuera, pero que la relación terminaba ahí. Dejó ir al hombre con el que había estado cinco años. Lo dejó ir sin mirar atrás, sin arrepentirse.

Debemos dejar ir si queremos que llegue lo que tanto buscamos dentro de nosotras.

Estuvo triste unos meses, no por amor, extrañaba el bulto a su lado los fines de semana. A quien mandarle un mensaje.

Una mañana, su hermana mayor fue a que le leyeran las cartas. La adivina le dijo que veía boda. La hermana le dijo que era imposible, pues ya todas estaban casadas. Se había olvidado que mi amiga era la única que no. Al saber esto, Paloma decidió que quería que le leyeran las cartas también.

La adivina le dijo que en un viaje en la playa (nosotras nos íbamos a la playa unas semanas después), conocería al hombre con el que se casaría; un rubio de ojos claros que la haría sumamente feliz.

En el viaje, cada rubio que veíamos, suponíamos que era el elegido. Cuando un ex compañero de Paloma del kínder le dijo que él estaba en Playa del Carmen, que fueran por un café, nunca sospechamos que sería el indicado.

Fueron por el café, pero no hubo fuegos artificiales, solo amistad. Cuando nos fuimos de Playa, él le dijo lo que sentía, que quería conocerla más, que se dieran la oportunidad.

Al mes, él le pidió que se fuera a Playa a vivir con él. Mi amiga, la seria y racional, estaba en un dilema, debía dejar su vida en México por ir tras el amor.

En tantos años de amistad, nunca la vi más feliz, más guapa ni más entera. Cuando un hombre le hace bien a una mujer, se nota.

En un café una tarde, me preguntó: “¿Y si no funciona?”. La vi y con todo el amor le dije: “Duraste cinco años con un tipo que la relación no fue para ningún lado. ¿Qué tienes que perder? No funciona y te regresas”.

Tomó sus cosas y se fue tras él. Se atrevió. Se arriesgó. Fue tras el amor, ese que siempre soñó.

Me enseñó que se puede tener todo; esa paz y esa calma, ese amor a ella misma, esa confianza a lo que se desea, a ser congruente con tu persona y tus sueños.

¿Cómo creen que terminó la historia de Paloma?

Seguimos siendo sumamente diferentes después de quince años de amistad.

Seguimos juntas, quizá porque no encajamos con nadie más, por nuestra soledad, o nuestras ganas de sentirnos comprendidas.

Lo único que sé, es que ya no envidio a las amigas que llevan años de amistad, pues ahora a mí me toca ser su dama.

 

NOTA: Dedicado a todas las mujeres que creen en el amor. Ahí está, afuera, en espera por ti. Solo debes dejar las cosas que estorban, y salir.

 

@marcelecuona

 

Marsw7