Estoy pacheca arriba del avión.

No quiero que piensen que soy drogadicta o que fomento el narcotráfico que tanto daño y muerte le genera a mi país. La marihuana que fumé fue plantada en la comodidad de la casa de un buen samaritano. Además nunca lo hago, hasta lo critico, pero esta era una ocasión especial.

En mi vuelo con cuatro horas de retraso (¡Viva Viva Aerobús!), con la marihuana que me acababa de hacer efecto, recordé lo que en días anteriores me acababa de pasar. Decidí irme de viaje con todas las amigas argentinas de mi ex novio. A lo mejor a la gente no le puede parecer sensato, pero ¿alguna vez he hecho algo sensato?

Nos fuimos a Oaxaca cinco mujeres completamente diferentes, y yo, la única mexicana. Yo necesitaba ese retiro, en medio de la nada, en una casa hermosa; apenas con luz, poca agua, sin espejos y a diez minutos de la playa caminando. La dueña de ese paraíso, embarazada y con un hijo de cinco años, organizaba todos nuestros planes para hacernos sentir en casa. Y cuando me refiero en casa, era así. Nos regañaba hasta por la más mínima cosa; si poníamos un vaso sobre la mesa, si fumábamos demasiado, si tomábamos mucho vino, si comíamos como desesperadas, hasta si el sol no salía, y aun así, no había sentido tanta calma en mi vida.

Entre sus cosas encontré un libro de Borges, de mis escritores favoritos. Leí hasta cansarme, y en las noches lo hacía a la luz de las velas, como si fuera una especie de novela victoriana (la diferencia es que no se encontraba Mr. Darcy a mi lado sino una de mis compañeras con antifaz en los ojos para no ser molestada y con el culo parado mientras dormía).

En las mañanas nos sentábamos frente alguna playa virgen (lo único virgen de ese viaje), y podíamos estar horas en silencio mientras veíamos esa belleza que solo mi país puede ofrecer. No había hombres alrededor, no me preocupaba si me veía gorda, si se me veía celulitis o si alguien me juzgaba por mis setenta kilos. Pensé que este viaje sería un encuentro conmigo así como en el libro de “Rezar, comer, amar”, pues le rezaba al universo, comía como si estuviera embarazada y amaba todo a mí alrededor. La diferencia es que no encontraría a Javier Bardem invitándome a una isla desierta.

Quería descubrir el fracaso de mi relación, que las amigas de mi ex novio me convencieran de regresar a su lado, que me compadecieran como la víctima que era. Pero las argentinas son unas culeras sin sentimientos, no son como las mexicanas que se llenan de sentimentalismos diciéndote que el culpable es él y que yo era una santa paloma. Nada de “nena”, “princesa”, “muñeca”, ellas fueron tajantes: Tomaste la decisión de dejarlo por “estos” motivos, ¿Qué le sufres? ¡Ya déjalo ir!

Esa noche me fui a dormir molesta; ¿Qué lo deje ir? ¿Qué lo suelte? Han pasado solo dos meses y viví con él dos años, no puedo sacarlo de mi corazón de la noche a la mañana. La embarazada casi me da un golpe y da a luz en ese momento del coraje diciéndome: ¿Es que acaso no te quieres? Te bloqueó de todos lados. Ten dignidad.

¡Suavízamelo un poco por el amor de Dios! Pensé. Cuando las mujeres estamos dolidas, necesitamos que nos digan las cosas con amor, que nos apapachen, nos mimen. Pero ellas no me iban a dejar caer en víctima. Adiós telenovela Televisa, esta es la vida real y solo hay una (y aunque hubiera otra, no creo que Dios me deje entrar al cielo así como así).

Entre mis nazis contaba con la embarazada de un esposo lejos por trabajo, ella, con fortaleza de hierro y un carácter del carajo, la vi un día haciendo lo que quiere que pocos vean, ser extremadamente amorosa, cargando un bebé de unos lugareños (que aparte les da comida, atenciones y consejos) cantándole una canción de cuna mientras lo llenaba de besos. Otra es una mujer exitosa profesionalmente, que mi país la ha pateado con hombres detestables y aun así tiene la esperanza de encontrar a ese hombre que la merezca, pero creo que el amor de su vida es México, porque aunque a veces la maltrata, ella le sigue siendo fiel. Tuve a una morena con corazón de oro, sufriendo por una cuestión personal, todas sin saberlo, pero siempre con una sonrisa en la cara y una dulzura inexplicable y al último, mi favorita, casada, sin hijos, con un talento desbordante, a la que le pondremos Morocha. Ella no te suaviza las cosas ni te habla a medias tintas: Deja de hacerte pelotuda y deja de sufrir que me tienes cansada con la misma historia. Fue la que me dio a fumar porro esta mañana, su filosofía es: Si no sabes que hacer, no hagas nada.

No descubrí el hilo negro en el viaje, no se me abrió el universo con los cuentos de Borges, a decir verdad, no pensé en absolutamente nada, y frente a la playa, sentada a lado de esos gendarmes hitlerianos de nacionalidad argentina solo pude dar con una cosa: Decisiones.

¿Corté una relación? Fue porque yo tomé la decisión de no lucharla más, no tener paciencia, no soportar cosas no negociables, ¿se descompuso mi computadora perdiendo todo mi trabajo en ella? La culpa fue mía por no respaldar mi trabajo, ¿no quedé en Comedy Central? Es el resultado de no trabajar más duro. Y así en todo; problemas de familia sin resolver, dinero, espiritualidad, cuerpo, mente, todo, absolutamente todo lo que nos sucede no es culpa de Dios o de la vecina que nos hace mal de ojo, es la falta de decisión de no querer ser felices.

Recuerdo hace meses una discusión con mi ex novio un sábado en la mañana, los dos en lágrimas, él me decía que por más que intentaba no lograba ser feliz con su vida. En todos los aspectos, incluyéndome. Le dije entre sollozos: Lo tienes todo; trabajo, una mujer que te ama, un hogar lindo. Y así era, lo teníamos todo. Y tenerlo todo no es igual a tener lo que único quiere dentro de su corazón, a veces nuestra búsqueda personal es más fuerte.

Decisión de querer crecer; un aumento, un mejor trabajo, tener mejor cuerpo, ser buena amiga, buena hija, es pura y constante decisión personal. Cuando fracasas, la única víctima es tu niño interior que te dice “¡Ten huevos! Tú me prometiste grandes sueños, ¿Dónde están?”

Digo, de niña yo quería ser una sirena, así que en eso sí le fallé a Marcelita.

Mi último día (ellas se quedaron más tiempo) seguía sin tener idea de nada con respecto a mi desastrosa vida y mientras Morocha me daba un porro en la playa frente al mar para relajarme en mi vuelo, yo le decía: “Las argentinas son mujeres frías, pero honestas; prefiero un “no seas estúpida” a una amiga que me diga “nena, princesa, te amo”, pero que habla mal a mis espaldas.”

En esas estaba yo, abriendo mi alma frente al mar, hablando de la hipocresía de la gente, de las amistades falsas, de mi corazón herido y yo creo que le di mucha flojera con tanta cosa tan pendeja, que me tomó del brazo y me aventó al mar.

Y entre las olas, sintiéndome libre, me convertí en sirena.

 

Bueno, también pudo ser efecto de la marihuana.

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