No sé qué es lo fabuloso de tener pareja, aun no lo descubro; se me acabaron mis Domingos de ver series en pijama, mis ligues de una noche cada fin de semana, la sonrisa de un inesperado mensaje a las tres de la mañana y mis interminables cafés con mis amigas entre semana.

Cuando eres soltera no le rindes cuentas a nadie, solo hay intereses particulares. Te quitas los puntos negros en tu cama, te pedorreas si te da la gana y si despiertas babeando, no pasa nada.

Ahora que vivo con mi novio, aun intento averiguar cuál es el misterio, quiero saber por qué todo gira en tener pareja, piénsalo; nos compramos ropa para estar más guapas, nos maquillamos, hay citas a ciegas, sufrimos si alguien no nos pela, todo con el fin de encontrar a alguien que nos ame y estar con esa pareja por siempre. ¿Sabemos lo que conlleva?

Estoy harta de que mi novio me presione para hacer cosas (soy bastante desidiosa), que me critique con cualquier pequeñez (me gusta estar descalza y a él le molesta que me suba con los pies sucios en la cama), me pregunta todo el día cosas como: ¿A dónde vas? ¿Qué hiciste hoy? ¿Ya mandaste tal mail? ¿Ya hiciste lo que tenías que hacer?

Odio que mientras vemos la televisión, se meta la mano en los calzones (como cualquier hombre), me revienta que quiera ir a la calle los fines de semana, cuando yo solo quiero ver series, mis películas de época o mi maratón de las Kardashians. Odio despertar y que me aplique el perrito sin que aun yo abra los ojos (Los hombres están más calientes en la mañanas, y si tienen que aplicar necrofilia, lo harán), que se tenga que dividir el dinero entre dos y que tenga que aprender a cocinar para que el señor esté en paz.

Odio pensar que si me quedo con él de por vida, se acabó las primeras citas para mí, un primer beso o la emoción cuando conoces a alguien y empiezas a salir. Odio pensar en cosas como: ¿Quién lava los trastes o quién saca la basura? Tender la cama todos los días aunque los dos dormimos en ella, lavarle su ropa y dejársela perfecta. Una vez, una conocida me dijo que cuando se casó, dejó de ser pareja para volverse una empleada doméstica.

Y eso que mi novio no es de los machos mexicanos, me ayuda y hace su parte, pero a nosotras nos enseñan a ser princesas, y las princesas no deberíamos hacer quehaceres domésticos, deberíamos vivir en un castillo y ser servidas como las duquesas que somos.

Cuando vives en pareja te das cuenta que de princesa no tienes ni un pelo. La pasión disminuye, las flores escasean y las muestras de amor se vuelven monótonas, robóticas y rutinarias.

No, no, no. Yo no le recomiendo vivir en pareja a nadie. A menos que… seas muy valiente.

Y por valiente me refiero a oler pedos ajenos con extremo amor y fletarte partidos de futbol. Dejar de ser uno, para ser dos.

Y aunque apesta vivir en pareja, no me imagino despertar sin sus “Buenos días amor de mi vida” todas las mañanas, sin mi café preparado como me gusta junto a mi cama, sin sus caricias cuando tengo cólicos en la espalda, sin sus palabras de aliento cuando estoy triste, sin su hombro cuando me salen lágrimas. No imagino mi vida sin mi mejor amigo, esa persona que me hace sentir menos sola en este mundo tan confuso, sin ese hombre que se vuelve actor para ayudarme a ensayar mis líneas de una obra de teatro, o el que me dice chistes para que lo agregue en mi stand up.

Lo difícil de vivir en pareja es que de la persona extraordinaria de la que te enamoraste, con el paso del tiempo, se vuelve ordinaria.

Se debe ser valiente, sí, para que no te de amnesia y recuerdes que esa persona es la más extraordinaria de todas, pues olvida tus defectos y te ama todos los días, así haya días en los que tú eres la más ordinaria.

 

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