En un universo paralelo, en un mundo diferente, mataban a las mujeres. Un día, las mujeres, sin que los otros humanos supieran, tomaron una decisión: Se iban a suicidar todas, era un acuerdo colectivo.

Nadie podía faltar. ¿Cuándo? El 10 de agosto. ¿A qué hora? A las cinco de la tarde ¿Qué año? 1984. Estaban hartas de ser menospreciadas y que no se escuchara su voz. Llevaban siglos reclamando, pero no encontraban solución, las leyes no las protegían, era peligroso salir a la calle, era hasta riesgoso, para algunas, estar dentro de sus casas. Trataron por todos los medios hacerlos entrar en razón, pero nada funcionaba. “Somos la madre tierra, sin nosotras no existen ustedes”. Pero nada cambiaba. Ellas sabían que si se mataban ellas y ni una sobrevivía, los humanos tenían los días contados. Por eso, tenían que cumplir su promesa cada una, esta vez la sororidad era importante para dar claro el mensaje. Las madres matarían a las niñas pequeñas, las amigas se ayudarían para las que no tuvieran el valor, las ancianas necesitarían la mano de las jóvenes. Todas hermanas en la misión. No debía quedar una sola. Se mandaron cartas, mensajes, audios en cassettes, pero sobre todo, se usaron los método más viejos conocidos por la humanidad, la palabra hablada y las señas; todo a escondidas de los hombres. Se enteró desde la más rica hasta la más pobre. La esposa del presidente hasta la campesina. Fueron años de organización. Las mujeres se sintieron importantes al fin, era su secreto y de nadie más. Tardaron más de diez años en organizarse. Al principio, algunas pensaron que no era más que una mala broma. Poco a poco comenzaron a juntarse por grupos “¿Es cierto?” se preguntaban. No sabían de quién había sido la idea, poco importaba. Algunas decían que había sido de alguna feminista radical, otras llegaron a pensar que había sido idea incluso de un hombre para generar caos, pero la realidad es que hacía poca diferencia, se sentían en una especie de frenesí, eran la representación de Lisístrata de Aristófanes, esa comedia griega en la que las mujeres planeaban no darles sexo a los hombres hasta que pararan la guerra. Pero sí, de alguien había sido la idea, de alguien que estaba harta, fastidiada de no decidir sobre su vida o su sexualidad. El mensaje, cuando llegaba, tenía las palabras “Si me van a violar, matar y tirar a un barranco, prefiero hacerlo yo misma, ¿qué opinas?” después, un texto completo de cómo sucedería, a qué hora y cómo. Diez años tardaron en organizarse, pero esos años fueron suficientes para que cada mujer se sintiera parte de algo importante. Hacían círculos de mujeres, primero de unas cuantas, al pasar las semanas, centenares de mujeres agrupadas, y luego, miles. Desde Irak hasta Canadá. Desde las más oprimidas hasta las liberadas. Si tú sufres, yo sufro contigo. Las mujeres crearon códigos que los hombres no entendían. La reportera que salía en el canal de las noticias se tocaba el pelo de cierta forma para que las mujeres que la veían supieran que estaba con ellas. La cantante quinceañera más famosa, en su concierto, hacía la misma seña. Todas la entendían. Se desarrolló un lenguaje corporal en el que, al verlo, las mujeres lo repetían con sus amigas, hermanas o vecinas. Era suyo. La muerte les dejó de dar miedo, y cuando aparecía una noticia de algún feminicidio, el cual era diario: “Once muertas en México, desaparecidas en Honduras, quemadas con ácido en India, jóvenes muertas a mano de su propio padre musulmán, niñas asesinadas en China, jóvenes adolescentes menores de doce años vendidas para ser esposas de hombres ancianos a cambio de dote, mutilación genital en África…”, las empoderaba más, las enojaba, las hacía más fuertes y susurraban “Si me van a violar, matar y tirar a un barranco, prefiero hacerlo yo misma…”
Nada las iba a detener, dejaron poco a poco de embarazarse pues no querían después cargar con la culpa de matar a sus propias hijas. Los otros humanos hacían gráficas, estudios del porque ya no se embarazaban las mujeres; pensaron algunos que era el agua, otros el pollo con hormonas, si hubieran querido ver más allá se habrían percatado en el aumento de la compra de pastillas y otros métodos anticonceptivos. Dejaron de haber niños en el lapso de diez años. Sí habían, pero pocos. Las mujeres pobres que no tenían dinero para anticonceptivos, les decían a sus hombres que estaban enfermas, algunos les creyeron, algunos las obligaron a tener sexo. Las violaban. Y mientras sucedía esto, las mujeres susurraban “Si me van a violar, matar y tirar a un barranco, prefiero hacerlo yo misma…”
Nacieron algunos bebés en esa época y si nacían niña, las madres lloraban pues les tocaría ser verdugos, pero la misión era más grande que cualquier sentimiento maternal; las mujeres tomaban la decisión de cuando se iba a terminar la humanidad.
Si, en efecto, todas se quitaban la vida el diez de Agosto de 1984 a las cinco de la tarde, la humanidad estaba condenada a desaparecer. Sesenta años a lo mucho. Ochenta, pero no había manera que continuara la especie.
Algo era esencial del plan: Los otros humanos, los hombres, no se podían enterar, porque si lo hacían iban a tratar de impedirlo o crearían una especie de plan B para crear humanos. No, el chiste era agarrarlos desprevenidos, para que cuando sucediera la masacre, no tuvieran espacio de pensar, de reaccionar y que todo intento de crear, se acabara. Tiempo, que no tuvieran tiempo de revertir la decisión de millones de mujeres.
Era casi el día pactado, algunas comenzaron a tener dudas, a echarse para atrás. ¿Cómo voy a matar a mi hija? ¿Cómo voy a matar a mi madre? ¿Cómo me voy a matar yo? El plan era sencillo: Podían elegir la manera que quisieran morir. Veneno, pastillas, cuerda, pistola, una sola condición; que fuera efectivo, certero, fulminante y, si se podía, sin dolor.
Casi cerca de la fecha, comenzaron los preparativos. Compraron lo que necesitaban desde años o meses antes, pero cuadraron dónde y cómo estar sin hombres a esa hora. Las que no estaban al cien convencidas, no se podían quedar atrás, ahora todas eran una. El peor escenario era sobrevivir, si se quedaban vivas unas cuantas, sabían el futuro que les tocaría; ser explotadas sexuales por los otros humanos, ser usadas para crear bebés, las violaciones subirían, los hombres se desquitarían con ellas por haber armado un plan sin su consentimiento, las harían sufrir y todas sabían que clase de castigos los hombres eran capaces de cometer.
La historia no se equivoca, en las guerras, los que salían victoriosos, se desquitaban con las mujeres; las violaban, golpeaban, maltrataban o las embarazaban para demostrarle al vencido quién era el jefe. Las mujeres tenían más miedo a sobrevivir el suicidio colectivo que morir por su propia mano. Así que hasta las que no estaban convencidas, se convencieron. Las mujeres, por primera vez tenían las riendas, tomaban una decisión fulminante, pero la más importante, cuándo y cómo se acababa la humanidad.
Yo nací en 1974, diez años antes de la fecha pactada. Mi madre estaba embarazada cuando recibió el mensaje. Ella, siendo una bruja moderna, ayudaba a la gente con terapia a tráves de meditaciones. Leyó el texto que recibió por correspondencia. Tocó su panza y exclamó: “A esto hemos llegado. ¡Que así sea!”
Así es, no dudó en matarme si resultaba ser niña. Para ella, la humanidad ya había llegado demasiado lejos, el trato a los animales, la destrucción de la naturaleza, la violencia en extremo. Debíamos dejar a la protagonista de nuestras vidas, por primera vez, tener una nueva oportunidad de continuar. “Va por ti madre tierra”, susurró.
No le dijo nada a mi padre; creó diferentes grupos de mujeres, las tranquilizó, les dio terapias gratuitas para que no tuvieran miedo ni dudas. Mi madre creía que el destino de esa generación de mujeres era ser fieles consigo mismas y las demás. Unirse para crear algo poderoso. El fin de todos nosotros.
El día que nací, mi madre me vio y lloró. Mi padre me dijo que ella lloró meses de felicidad. Que no paraba de llorar y besarme la cara. Como buen secreto, ella nunca me comentó el plan, ni me hizo alguna seña de nada. Supongo, que, como cualquier padre, quería evitarme sufrimiento. Un día, cuando yo tenía ocho años, estábamos en el jardín haciendo una de sus meditaciones grupales (tenía que estar en esos grupos desde que tengo memoria), y después de un largo silencio, abrí los ojos, no podía dejar de llorar y grité: “¿Dónde están las mujeres?”
Todas las mujeres me voltearon a ver asustadas, pero mi madre no abrió los ojos, siguió orientando la meditación.
En la noche, al acostarme en la cama, me preguntó “¿Qué viste en la meditación?”
“Madre, vi el fin del mundo.”
“Explícate” me dijo un tanto molesta.
“Yo estaba con el pelo muy corto, en un lugar que yo sabía era el fin del mundo, hace frío, no hay nadie a mi alrededor, pero hay muchos animales. Mamá…” sólo me permitía decirle mamá cuando tenía miedo “No hay mujeres en el fin del mundo…”
No sé que habrá pasado por la mente de mi madre, pero la vi complacida, sonrió y dijo
“¿Por qué dices eso? ¿Qué hay entonces?”
“Yo, estoy yo, yo soy la única mujer en el fin del mundo”.
Dejó de sonreír. Su mirada se tornó vacía.
Tocó mis rizos, me dio mi peluche favorito, un pingüino y me besó en la frente.
El día 10 de Agosto de 1984, mi madre me bañó muy temprano y me rapó.
Mi papá trabajaba de maestro en la universidad, era antropólogo. Se había ido desde las siete de la mañana.
Lo que las mujeres no predijeron, es que mi madre, como buena bruja, tenía un poco de razón, la protagonista de esta historia es la madre tierra, no los humanos, ¡Y vaya que se enojó! A las cinco con unos cuantos minutos, no sólo murieron todas las mujeres, murieron a su vez, todos los animales que fueran hembras y varios tipos de plantas. Fue un mensaje claro de la tierra: Los voy a dejar sin nada que los ayude a procrear. A las cinco y media de la tarde, a todos los hombres se les marcó, como una especie de tatuaje en rojo, dos números en la cara inferior del antebrazo: 88. Con el tiempo, se dieron cuenta que era la cantidad exacta de años que les quedaba. Ochenta y ochos años tenían disponibles los humanos que restaban en la tierra. Sin mujeres, sin hembras, sin plantas esenciales. Sin esperanzas.
Las mujeres habían tenido, por fin, su venganza.
Cuando mi padre regresó agitado, eran unos veinte minutos antes de las seis. Me encontró sentada en la sala, escuchaba algo que mi madre me había puesto en una grabadora; Serguéi Rajmáninov, Rapsodia sobre un tema de paganini. Estaba vestida con ropa de niño, completamente rapada, con dos sobres en las manos, uno para mí y otro para él. Me vio sorprendido, me tocó para cerciorarse que no fuera un espejismo, vio mi antebrazo y en lugar de tener el número 88, tenía un 8 al revés que formaba el símbolo del infinito. Observó unos segundos, que se hicieron eternos, ese símbolo, hasta que recobró el conocimiento y corrió por la casa en busca de mi madre.
Ella, como todas las mujeres, menos yo, habían muerto cuarenta minutos antes.

 

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