La muchacha, la sirvienta, la gata, la criada, la empleada doméstica, ¿Cuántos nombres tenemos para las mujeres que nos ayudan en nuestras casas? Este escrito no es una especie de aplanador moral para los que tenemos la fortuna de pagarle a alguien para que nos tienda la cama, nos lave la ropa, nos cocine o hasta conozca nuestros secretos. Ni siquiera la persona de la que voy a escribir ahora podrá leerlo.

Cristy murió un fin de semana, hace un par de días, no sé exactamente el día, como no sé la hora, es más, me avergüenza decir que no me sé ni su apellido. Trabajó en casa de mi mamá un poco más de cinco años, después trabajó para mi ex novio y para mí. Y no puedo creer que ella sabía tanto de mí y yo no supiera ni su cumpleaños. Hubo cumpleaños que los pasó trabajando, uno en particular nos dimos cuenta en la tarde porque le llamaron a su celular para felicitarla, que por cierto tenía un tono muy divertido del cual yo siempre me burlaba.

No puedo imaginar su último aliento, su último miedo, su última esperanza. Pero unas horas antes pidió a su familia que le avisaran a mi mamá que estaba muy grave, que iría al hospital. De sus pensamientos frecuentes, su corazón débil, pidió que estuviéramos enterados. Éramos su familia. Me sorprende que me duela tanto su muerte, más que si fuera una tía, no he dejado de llorar y casi no sé nada de su vida.

Sabía que hacía casi dos horas a casa de mi mamá, que le prometí unos audífonos para que no se aburriera en el camino, audífonos que se me olvidaron darle, pues supongo mi vida era más interesante que ayudarle a alguien en su viaje. Recuerdo que una mañana me contó que de niña se iba a la escuela descalza y el frío era tal, que había hielo en el piso, me contó cómo conoció a su esposo, como sus hijas mayores no habían podido entrar a la universidad. Me contó alguna vez que en su casa no había gas para calentar agua, que calentaban cubetas en una parrilla para poderse bañar. Jamás me contó estas historias haciéndose la víctima, o haciéndose menos, era su vida, y me la compartía como cualquier amiga. Y nunca le di una cobija de más, nunca me toqué el corazón para darle a lo mejor cien pesos que me sobraban, jamás la abracé diciéndole lo fuerte y valiente que era para mí. Porque eso pasa, creemos algunos que merecemos ser servidos, al final la sociedad es como una cadena alimenticia; unos son ricos, otros somos clase media y otros, el 70% de nuestra población vive en pobreza extrema. Cristy estaba en ese porcentaje, pero daba igual, porque yo no lo estaba.

El año pasado experimentó dolores en las manos y en los pies, siempre con su flequito bien peinado con spray, su delineador azul y sus suetercitos tejidos. Nunca voy a olvidar su timidez y que se tapaba la boca cuando se reía. Era un héroe para su familia. Y sin darnos cuenta, también era en la mía.

Ella nunca va a leer esto, pero que ganas de volverla a abrazar y decirle: Aunque tenías el trabajo más humilde del mundo, lo hiciste con una dignidad, aplomo y amor, que la gente que tocaste, no te hemos dejado de llorar. Hoy le decía a una amiga que me molestaba que Cristy no tuvo otra oportunidad en la vida más que ser “sirvienta”; si ella tenía sueños de ser arquitecta, maestra, doctora, actriz, Dios, el destino o este país mierdero que no da oportunidad ni educación a los pobres, no se lo permitieron. Si tenía grandes sueños, nunca lo sabremos, no estaba en el porcentaje correcto.

¿Qué define que en esta vida la tengas fácil o difícil? No me imagino levantándome diario, con ganas y energía, hacer dos horas en camión, para recibir miserables trescientos pesos, limpiar un baño que no es mío, ser sumisa, comer solo la comida que me den, lavar ropa que no es de mi familia, estar en la vida de personas que no son nada mío y que tenga que tratar con pleitesía, alejada de mis hijos, de los míos. No imagino esa vida, no imagino no recibir sueldo fijo, o no tener seguro, ni jubilación. No estar en una nómina, no estar al nivel para recibir algo justo si me enfermo o envejezco. No tener la educación para reclamarlo. Tener hijos y ver que no hay opciones si no los aceptan en la UNAM, que comer carne sea un lujo (un día me contó que su familia rara vez comía carne). En mi casa comía lo que comíamos todos, hasta eso debió ser un reto, saber que sus hijos comían lo poco que tenían en su casa, y ella con culpas de comer mejor… no imagino estar en sus zapatos.

No sé, a lo mejor si hubiéramos sabido la gravedad, a lo mejor ella no tenía para pagar un buen hospital, un buen seguro, porque a nuestro gobierno le vale si esa gente desaparece. Mereces salud si tienes para pagarla.

Y se fue, como fue su vida, sencilla y callada, en ese camino descalza, con su mochilita a cuestas, pero esta vez no hay hielo, hay alfombra. No creo en el cielo, creo en la energía, y vaya que ahora ilumina todo, porque estoy segura que a los que les toca ser pobres y sufrir las cosas básicas de esta sociedad sin sentido, terminan siendo reyes en la otra.

Adiós Cristy, ojalá tenga yo el honor de servirte en la vida que sigue.

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