Nunca había estado tan enferma. Calentura, dolor de cabeza, cuerpo cortado; cinco días en cama y estaba segura que moriría en cualquier momento. Mis amigas ya se peleaban por mi ropa y mis libros, al parecer mis únicas cosas de valor.

En mis últimas palabras logré articularle a mi mamá: “Es sida, Dios me castiga por haber sido tan promiscua en la vida. Hace dos años no me hago el examen, digo, vivía con mi novio, pero una nunca sabe.”
Mi mamá me calló con un contundente: “Estás muy gordita para tener sida”

Acababa de cumplir treinta y dos años. Un día antes de ese fatídico día, lloré como niña hasta las cuatro de la mañana. Había recibido un mail de mi ex novio; un mail frío deseándome feliz cumpleaños como si fuera destinado a su secretaria, pero al final decía: Te amo mucho.

Eso hizo una revolución en mi cabeza. Recordé (como en las películas) nuestros mejores momentos, las risas, la conquista del principio, las noches de vino solo entre él y yo, lo que nos costó la relación, su primer “te amo”, el momento que supe: con él me voy a quedar para siempre. Y lloré; por él, por mí, por nuestra relación muerta. Cuando te separas te haces promesas de “seremos amigos toda la vida, siempre contarás conmigo, nunca te voy a lastimar.”

Así nos las hicimos él y yo, pues compartimos la custodia de Finolli (nuestra gata), pero nada pudo ser más falso. A los pocos días de salirme del departamento, él ya me había bloqueado de todas las redes sociales. Fue la primera de muchas cosas que siguieron que me sorprendieron, y que aún me sorprenden de la persona con la que dormí dos años abrazados.

Ya soy la maestra de las rupturas. Me llegué a preguntar (antes de morir de sida en mi ficción), ¿la del problema soy yo? ¿No puedo estar en una relación más de dos años? ¿Por qué lo dejé realmente? Y en tipo flashback, también recordé las cosas malas; su frialdad, no me daba mi lugar como su pareja (en teoría, casi su esposa), y al final… hasta un par de mentiritas.

Me había hecho una cínica en el amor. “Es normal que sea frío, eso es una relación madura”, “Es normal que no me de mi lugar si sus amigos me insultan, lo que importa es que él me ame”, “Es normal que me mienta, le da miedo que me enoje.”
No, no es normal.

Pondré un ejemplo: su hermano vino de Argentina y lo invité a Valle de Bravo con mi familia; a conocer a mi papá y a mis hermanitos que son lo que más amo en el mundo. No entraré en detalles, pero el hermano tomó demasiado; le dijo “pelotudo de mierda” a mi papá, y a la medianoche, se paró e hizo pipí en el piso del estudio. Frente a mi hermana de trece años.

Efectivamente, mi ex pareja no se puede hacer responsable de este hecho. Pero lo que pasó después iba más allá de mi comprensión: No hizo limpiar el desastre a su hermano, mi familia recibió una disculpa por teléfono, y yo, viviendo en el mismo departamento, tuve mi disculpa un mes y medio después.
No solo eso, veía como mi ex pareja le festejaba cualquier éxito laboral a su hermano, mientras yo me sentía sola, sin apoyo de mi “casi esposo”. Me decía: No lo puedo deportar por eso. No, pero puedes obligarlo a pedirles disculpas a tu mujer y a su familia de frente o se va de la casa.

Yo fui abusada sexualmente a los diez años por un familiar. Yo no sé lo que realmente vio mi hermana de trece años, pero tampoco sé que traumas le podrían provocar. Él protegía a su hermano, ¿quién protegía a la mía?
Al final, la loca era yo. En mis años de conocida alcohólica, jamás he hecho ni he sabido de algo así. Fue inaudito para mí.

Me salí de nuestro departamento porque no me sentía valorada. Pensé que me iba a buscar, que me llevaría flores, que me diría que me amaba, que las cosas iban a cambiar.
Pero también me salí con el riesgo de que no lo hiciera. Y así fue.
A veces es mejor irse para darse cuenta si de verdad la persona te ama, y aunque duela darte cuenta que no, por lo menos ya lo sabes.

No es normal que una pareja no te de tu lugar, no es normal que tu pareja no tenga detalles contigo, el amor se fomenta diario, es conquista de todos los días.
Vivir en pareja es las cosa más difícil que puede haber y nadie, cuando eres niña, te lo dice.
El día que cumplí treinta y dos años, le pedí que me bajara un par de cosas a la recepción de nuestro ex departamento donde ahora él vive solo. Me dijo “¿Es completamente necesario? Estoy muy cansado y quiero dormir una siesta.” Me rompió el corazón, ni en mi cumpleaños quiso verme, hacerme un favor, darme un abrazo. Alguien que un día antes me había escrito “te amo mucho”.

Y me hizo llorar antes de mi festejo, eso ya no era amor, era masoquismo.
Y cuando estaba a punto de morir de mi disque sida, lo pensé, pensé lo mucho que un día nos amamos, que nada es bueno ni malo, no hago mal en dejar a gente que no me ama, eso no me hace mala mujer. Eso me hace coherente con lo que quiero para mí. Así me llegue a los setenta años, busco amor.
Una vez me dijo: “Soy frío, pero soy fiel. ¿Quieres regresar con los mexicanos que te colmaban de regalos, pero te fueron infieles?”

No, pero ¿por qué no puedo tener un equilibrio? Alguien que me demuestre que me ame y me sea fiel.
Lloré hasta quedarme dormida.
Al día siguiente, él y el sida, habían salido de mi cuerpo.

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